La controvertida expansión de la cría de atún rojo del Atlántico y sus impactos ambientales y éticos
La recuperación del atún rojo del Atlántico ha traído consigo una expansión sin precedentes de su cría, una actividad que, lejos de ser un modelo de acuicultura sostenible, se ha convertido en un negocio multimillonario con graves implicaciones. Esta práctica no implica la cría de atunes desde el huevo, sino la captura de miles de ejemplares salvajes, que luego son confinados en jaulas flotantes para ser alimentados y aumentar su peso antes de llegar al mercado. Este método genera una presión insostenible sobre las poblaciones salvajes, plantea serios cuestionamientos sobre el bienestar animal debido al confinamiento de estos peces migratorios y debilita la seguridad alimentaria global al desviar grandes cantidades de pescado salvaje para su alimentación. La industria, que ha experimentado un crecimiento exponencial en las últimas dos décadas, ha provocado un debate urgente sobre la necesidad de una regulación y moratoria.
La investigación llevada a cabo por Compassion in World Farming (CIWF) ha desvelado una realidad alarmante: el número de instalaciones de cría de atún rojo del Atlántico ha aumentado significativamente, pasando de 13 en 2006 a 123 en 2026. Paralelamente, la cantidad de atunes criados en estas instalaciones se ha multiplicado por 19 desde 2003, alcanzando hasta un millón de ejemplares anuales en 2024. A pesar de que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasificó al atún rojo en peligro en 2011 y ha observado cierta recuperación, CIWF advierte que las condiciones actuales podrían revertir este progreso, especialmente en el Mediterráneo, donde la evaluación de las poblaciones regionales no se ha actualizado en 17 años.
Uno de los aspectos más críticos de esta industria es su impacto en la cadena alimentaria. Un solo atún de piscifactoría, que apenas produce 200 kg de carne, puede consumir hasta 3.000 kg de pescado salvaje, lo que equivale a decenas de miles de sardinas o anchoas. Esta práctica no solo es insostenible para los ecosistemas marinos, sino que también afecta a comunidades costeras vulnerables en África subsahariana y el norte de África, que dependen de estos pequeños peces para su alimentación y subsistencia económica. La industria, al priorizar la demanda de sushi y sashimi de lujo, principalmente en Japón, no contribuye a mejorar la seguridad alimentaria global, sino que la debilita.
Las condiciones en las granjas de atún también han sido objeto de duras críticas. Nuevas imágenes difundidas por CIWF muestran atunes confinados en espacios reducidos, nadando constantemente en círculos, con erosiones en la piel, lesiones en las aletas y pérdida de ojos. La Dra. Elena Lara, asesora de CIWF, enfatiza la crueldad de confinar a un animal que en libertad recorre hasta 260 kilómetros al día, subrayando que el atún rojo no es una especie apta para la cría en cautividad. Esta industria, financiada en parte con más de 64 millones de euros en subvenciones públicas, carece de transparencia y control, lo que impide conocer la verdadera magnitud de su impacto.
La expansión de la cría de atún rojo del Atlántico presenta un panorama complejo y preocupante, donde los intereses económicos colisionan con la sostenibilidad ambiental y el bienestar animal. La falta de una regulación adecuada y la dependencia de la captura de ejemplares salvajes para engordar la producción, junto con el desvío de pescado apto para el consumo humano hacia la alimentación de estos atunes de lujo, ponen en entredicho la viabilidad a largo plazo de esta industria y sus implicaciones éticas. Es imperativo que se tomen medidas urgentes para reevaluar y reformar estas prácticas, protegiendo tanto a las especies marinas como a las comunidades humanas que dependen de ellas.

